sábado, 23 de agosto de 2014

Prometeo, el ladrón del fuego

Prometeo, el ladrón del fuego

Al principio de los tiempos, los dioses establecieron su lugar en la cima del monte Olimpo, cerca de las estrellas. En aquel lugar idílico, llevaban una vida de lo más placentera: paseaban con calma por sus amenos y coloridos jardines, celebraban grandes banquetes en sus palacios de mármol y tomaban a todas horas néctar y ambrosía, un licor y un alimento dulcísimos que aseguraban su inmortalidad.

Mientras tanto, los hombres hacían su vida abajo, en la Tierra. Habían sido creados con arcilla, y pasaban sus días cultivando los campos y criando ganado. En los momentos difíciles, rezaban a los dioses para pedirles auxilio, y después les agradecían la ayuda recibida haciéndoles ofrendas. De cada cosecha que los hombres recogían y de cada animal que sacrificaban, quemaban la mitad en los templos, y así la ofrenda, convertida en humo, llegaba hasta la cima del Olimpo.
Todo iba bien hasta que un día, tras haber matado a un robusto buey para comérselo, los hombres empezaron a discutir sobre qué parte del animal debían quedarse y cuál tenían que entregar a los dioses.
-Quedémonos con la carne y quememos los huesos -proponían unos.
-¡No digáis locuras! –exclamaban otros-. Si les damos a los dioses la peor parte, nos castigarán sin piedad.
-Pero ¿de qué vamos a alimentarnos si entregamos la carne?
El mismísimo Zeus, padre de los dioses, entró en la disputa.
-La carne del buey debe ser para nosotros –dijo.
Los hombres, sin embargo, se resistieron a entregársela, así que la discusión se prolongó durante mucho tiempo. Al final, Zeus propuso que fuese Prometeo quien decidiera cómo debía repartirse el buey.
-Prometeo es sabio y justo –dijo-, y encontrará la solución más adecuada. Los demás aceptaremos su decisión y, en adelante, todos los animales serán repartidos tal y como Prometeo disponga.
Prometeo pertenecía a la raza de los titanes, que habían sido engendrados antes incluso que los dioses. Todo el mundo lo admiraba por su sabiduría y astucia. No sólo podía prever el futuro, sino que dominaba todas las ciencias y todas las artes: la medicina y las matemáticas, la música y la poesía… Su mente era poderosa y veloz como un caballo de galope. Cuando Zeus le expuso el dilema del reparto del buey, Prometeo se sentó a meditar y entabló en su conciencia un largo diálogo consigo mismo.
-Es natural que los hombres se resistan a entregar la carne –se dijo al principio-. Son ellos quienes han criado al buey, y tienen derecho a quedarse con la mejor porción.
-Sí, Prometeo –se contestó a sí mismo -, pero olvidas que los dioses son codiciosos y egoístas. No aceptarán que los hombres se queden con la carne…
-Pero los dioses no la necesitan… Beben néctar a todas horas, y disponen de ambrosía para llenar su estómago. En cambio, los hombres han de comer para sobrevivir…
-Si les entregas la carne a los hombres, Zeus se enojará.
- Entonces, hay que conseguir que Zeus crea que la decisión de quedarse con los huesos la ha tomado él mismo…
Prometeo ideó enseguida la trampa que necesitaba. Luego, despellejó el buey, lo descuartizó y dividió los restos del animal en dos grandes montones que prefiriera.
-Escoge bien –le advirtió-, porque ya sabes que, en adelante, todos los animales que sacrifiquen los hombres se repartirán del mismo modo que este buey.
Prometeo dijo aquellas palabras con la cabeza baja, para evitar que Zeus reconociera en sus ojos el brillo temeroso del engaño. Zeus miró los dos montones. Uno le pareció gris y poco apetitoso, mientras que el otro le atrajo por su brillante aspecto. Así que no tuvo que pensárselo mucho. Señaló el montón resplandeciente y dijo:
-Ése es para nosotros.
Hermes, el hijo de Zeus, se hallaba presente en la conversación. Como era experto en idear trampas, no resultaba fácil engañarle. Se acercó al oído de Zeus y dijo en un susurro:
-No te precipites, padre. Hay algo extraño en este reparto… ¿No has visto que Prometeo ha agachado la cabeza al hablarte? Él siempre mira a la cara…
-Soy el padre de los dioses –replicó Zeus-, así que es lógico que Prometeo me tenga algo de miedo. No es el primero que agacha la cabeza al mirarme. Y te aseguro que no será el último.
Luego, Zeus, volvió a dirigirse a Prometeo, señaló el montón que le apetecía y dijo:
-¡Nos lo llevamos!
Zeus no tardó en advertir el gran error que había cometido. Sucedió que Prometeo había puesto en un montón la carne y las vísceras del buey, y luego había tapado todo con el estómago, que es la parte más sosa del animal. En el otro montón, había colocado los huesos y los tendones, pero los había cubierto con la grasa, cuyo brillo despierta el apetito. Zeus, por supuesto, había elegido este último montón. Así que, cuando llegó a la cima del Olimpo y descubrió en engaño, se volvió loco de rabia.
-¡Prometeo se ha burlado de mí! –rugió, y su cólera se notó en la tierra, porque el cielo se llenó de rayos-. ¡Pero voy a vengarme, ya lo creo! De ahora en adelante, los dioses nos conformaremos con la piel y los huesos de los animales, ¡pero los hombres tendrán que comerse la carne cruda! 
En efecto, aquel mismo día, Zeus les robo el fuego a los hombres para que tuvieran que comerse los alimentos crudos. Sin embargo, la vida en la Tierra se volvió insoportable. Los hombres no podían hacer nada contra el frío glacial que les helaba las manos ni contra el miedo a la oscuridad que los atormentaba de noche. Prometeo, al verlos sufrir tanto, se conmovió.
<<Pobre gente>>, se dijo, <<he de ayudarles de alguna manera>>.
Al día siguiente, Prometeo subió al monte Olimpo y, sin que nadie lo viera, acercó una pequeña astilla al fuego que Zeus les había arrebatado a los hombres y la guardó en una cáscara de nuez. De regreso a la Tierra, encendió con aquella astilla una antorcha y se la regaló a los hombres para que pudieran calentarse de nuevo. Pero, cuando Zeus vio desde el Olimpo que el fuego volvía a arder en la Tierra, su furia no tuvo límites.
-¡Prometeo nos ha vuelto a engañar! –bramó-. ¡Nos ha dejado en ridículo delante de toda la humanidad!

Zeus se vengó entonces por partida doble. Primero castigó a los hombres enviándoles a una mujer llamada Pandora, de la que os hablaré más adelante. Luego, mandó que encadenaran a Prometeo a una de las montañas del Cáucaso, cerca del mar Negro. Allí, el titán pasó miles de años sin poderse mover, soportando a cielo abierto el frío intenso de la noche y el calor asfixiante del día. Cada mañana, Zeus enviaba una feroz águila al Cáucaso para que le comiese el hígado a Prometeo, y cada noche el hígado se regeneraba por sí mismo, para que el águila pudiese devorarlo de nuevo al amanecer. La vida de Prometeo, pues, se convirtió en un auténtico infierno, pero Zeus siempre pensó que el castigo era justo, pues no había falta más grave que engañar a los dioses.


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