viernes, 26 de diciembre de 2014

Deucalión y Pirra

Cuando Pandora abrió su caja, los hombres empezaron a guerrear entre sí. Se libraron batallas en campos y ciudades, y se derramó sangre en todos los rincones de la Tierra. Zeus, indignado, fulminó con sus rayos a cientos de personas, para advertirles de que debían abandonar toda violencia. Pero los hombres no hicieron caso. Entonces, Zeus oscureció el cielo y bramó:

-¡Puesto que sois bárbaros como animales, os borraré de la faz de la tierra! ¡Que el agua inunde el mundo hasta que no quede nadie con vida!

La tierra quedó a oscuras, y durante nueve días y nueve noches, llovió sin pausa. Hasta aquel momento, las aguas habían sido plácidas: el ancho mar se mecía con suavidad, los lagos parecían dormir un sueño profundo y los ríos discurrían serenos hacia la inmensidad del océano. Pero, con el diluvio, el mar se volvió bravo y peligroso, los ríos arrasaron pueblos y ciudades, y la tierra entera quedó sumergida bajo un profundo manto de agua.

Sólo dos personas lograron sobrevivir: Deucalión y Pirra, que eran marido y mujer. Deucalión era hijo del titán Prometeo. Un día, había ido a visitar a su padre al Cáucaso, y había llorando al verlo encadenado, a la espera del águila que habría de escarbarle en el costado para comerle el hígado. Como podía prever el futuro, Prometeo había conocido a tiempo las terribles intenciones de Zeus, así que avisó a Deucalión de la gran catástrofe que se avecinaba.
-Zeus va a sepultar la tierra bajo el agua –le dijo-, y la humanidad entera desaparecerá, pero tú podrás salvarte si sigues mis consejos… Tienes que construir un arca y, en cuanto empiece el diluvio, te embarcarás en ella con tu esposa.

Deucalión siguió las instrucciones de su padre. Construyó el arca, la llenó de alimentos y, en cuanto empezó el diluvio, se embarcó en su esposa. Durante nueve días y nueve y nueve noches, los dos navegaron bajo la lluvia implacable, en medio de una profunda oscuridad. A veces, el viento formaba grandes remolinos en el agua, y Deucalión y Pirra tenían que abrazarse a la proa del barco para no caer por la borda.

Al fin, la lluvia cesó, los ríos volvieron a su cauce y el mar recobró la calma. En el horizonte asomó entonces la cima del monte Athos, y fue allí donde Deucalión atracó el arca, y donde esperó durante semanas a que las aguas desbordadas se evaporasen. Cuando la tierra volvió a ser visible, Deucalión y Pirra descendieron del monte Athos en busca de algún ser humano, pero no encontraron a nadie. Al ver que el mundo estaba vacío, Pirra se echó a llorar.

-Cálmate –le dijo su esposo-. Rezaremos a los dioses y nos protegerán.

Al pie del Athos había un templo consagrado a Temis, la diosa de la justicia. Por supuesto, se hallaba abandonado: el suelo estaba cubierto de fango y ramas mojadas. Pero seguía siendo un lugar santo, y Deucalión y Pirra se arrodillaron ante el altar.
Con voz humilde, Deucalión preguntó:

-Dinos, Temis, tú que has dictado las leyes eternas, ¿volverá a haber hombres y mujeres en el mundo?

La respuesta tardó en llegar, como si la misma diosa ignorase la respuesta a aquella ansiosa pregunta. Pero, después de una larga espera, la voz solemne de Temis resonó en el santuario para decir:

-Si queréis repoblar el mundo, arrojad a vuestras espaldas los huesos de vuestra madre. De los huesos que tires tú, Deucalión, nacerán hombres, y de los que lances tú, Pirra, nacerán mujeres. Pero tenéis que arrojar los huesos con los ojos tapados, pues no os corresponde ver un prodigio tan asombroso…

Cuando Temis calló, Pirra exclamó escandalizada:

-¡Ha dicho que lancemos los huesos de nuestra madre!

Deucalión se había quedado pálido.

-Así es –dijo, tan desconcertado como su esposa.

-¡Pero no podemos violar la sepultura de nuestras madres! –advirtió Pirra-. ¡Es un sacrilegio!

-¿Y qué podemos hacer? –replicó Deucalión con voz tristísima-. Nuestra obligación es obedecer a los dioses…

-¡No digas locuras, Deucalión! ¡Si desenterramos a nuestros antepasados, el espíritu de los muertos nos atormentará sin descanso!

Deucalión y Pirra salieron del templo cabizbajos y desconcertados. ¿Qué podían hacer? Si no obedecían a Temis, los dioses se enojarían y, si obedecían, enojarían a los muertos. Parecía que, hicieran lo que hicieran, iban a equivocarse. Abatidos, Deucalión y Pirra echaron a caminar. Avanzaban sin rumbo, pisando el manto de lodo que les llegaba hasta los tobillos. Deucalión, aturdido por las palabras de Temis, iba pensando en voz alta, con la vista clavada en el suelo.

-Es imposible que los dioses nos hayan aconsejado un crimen –decía-. Las cenizas de los muertos son sagradas, e incluso en las guerras se le concede de vez en cuando una tregua al enemigo para que pueda enterrar a sus difuntos. No, seguro que Temis quería decirnos algo que no hemos entendido… Los huesos de nuestra madre tienen que ser…

De pronto, Deucalión lo comprendió todo.

-¡Ya sé lo que ha querido decir Temis! –exclamó, loco de contento, y arrancó un jirón de su túnica y lo partió en dos-. Ten, véndate los ojos con esto –le dijo a su esposa-, y luego agáchate, recoge una piedra y arrójala a tu espalda por encima de los hombros.

Pirra obedeció sin entender. Se vendó los ojos, se agachó y empezó a palpar la tierra a ciegas. Deucalión hizo lo mismo, y enseguida reconoció por el tacto una roca del tamaño de un puño. Entonces, se puso en pie y lanzó la piedra a su espalda, por encima de los hombros.

El milagro fue inmediato. Al hundirse en el barro, la roca se reblandeció y comenzó a crecer como si tuviera vida propia, igual que una escultura que emerge de la piedra. Alcanzó la altura de un hombre, y entonces empezó a cobrar forma: aparecieron el tronco y la cabeza, los brazos y las piernas, la boca y los ojos. Deucalión no pudo verlo, pero se alegró al pensar que, a sus espaldas, había nacido el primer hombre del nuevo mundo.

Una tras otra, Deucalión y Pirra fueron arrojando cientos de piedras a sus espaldas. Las rocas que recogían eran, en efecto, los huesos de la Tierra, que es la madre de todos los hombres. De las piedras que arrojaba Deucalión nacían hombres, y de las que tiraba Pirra nacían mujeres. Las piedras blancas originaban hombres blancos, y las negras hombres negros; las piedras pesadas se convertían en personas robustas, y las ligeras en personas delgadas. En poco rato, pues, la playa se llenó de hombres y mujeres, de niñas y niños, unos feos y otros agraciados, unos alegres y otros melancólicos. De ese modo, Deucalión y Pirra crearon la segunda humanidad, que pobló el mundo en poco tiempo y lo llenó de alegrías y tristezas, rencores y amistades, esperanzas y fracasos.




2 comentarios:

  1. Hola navegando por Twitter encontre tu blog y pues por aqui me quedo, seria genial que visitaras el mio, saludos ^^

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    1. Hola!!
      Me alegro de que te hayas animado a visitar mi blog y ¡Gracias por quedarte! ;)
      Estaré encantada de visitar el tuyo.
      ¡nos leemos! Saludos <3

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