sábado, 1 de noviembre de 2014

La caja de Pandora

La caja de Pandora

Un día, poco antes de enviar a Prometeo al Cáucaso, Zeus bajó del Olimpo para visitar a su hijo Hefesto. Hefesto era herrero, y trabajaba en una oscura cueva subterránea situada en la soleada isla de Lemnos. Su fragua era lo más parecido al infierno. El fuego estaba siempre encendido, y el hierro al rojo vivo irradiaba un calor insoportable. Y, sin embargo, Hefesto se sentía muy a gusto en aquel lugar, donde trabajaba sin descanso, día y noche, fabricando cadenas para los presos, herraduras para los caballos, cascos y espadas para los guerreros… En realidad, Hefesto utilizaba el trabajo para aislarse de los otros dioses, que se burlaban de él porque era feo y cojo. Nunca recibía visitas, así que se quedó de lo más sorprendido el día en que Zeus entró en su fragua.

-¿Qué te trae por aquí, padre? –preguntó.
Zeus tenía la mirada ausente. Parecía perturbado por un grave disgusto.
-Prometeo nos ha engañado de nuevo –dijo-. Primero, nos dejó sin carne, y ahora ha subido en secreto al Olimpo y les ha devuelto el fuego a los hombres… ¡Nos ha dejado en ridículo! Pero voy a demostrarle hasta dónde llega nuestro poder. Les daré un escarmiento a los hombres que nunca olvidarán. ¿Quieres ayudarme, Hefesto?
-Naturalmente, padre. Dime: ¿qué debo hacer?
-Quiero que crees a una mujer.
-¿A una mujer?
En aquel tiempo, ya existían las diosas, pero la Tierra aún no había sido pisada por ninguna mujer.
-La utilizaré para vengarme de los hombres –explicó Zeus.
-¿Y cómo quieres que sea?
-Ha de ser muy hermosa. Fíjate en Afrodita y hazla como ella.

Afrodita era la diosa del amor, y poseía una belleza perfecta. Saltaba a la vista que cualquier mujer que se le pareciera despertaría grandes pasiones entre los hombres. Hefesto, pues, modeló una figura con arcilla a imagen y semejanza de Afrodita. Empleó toda la fuerza de sus grandes manos para dar forma al tronco, a la cabeza, a los brazos y a las piernas, y luego fue modelando los finos labios, el largo cabello, la espesa melena… La belleza de la criatura era tan deslumbrante que Zeus, sentado en la sombra, quedó impresionado.

-Se llamará Pandora –le dijo a Hefesto-, porque llevará en sí todos los dones imaginables.

Entonces, Hefesto se inclinó sobre Pandora con la intención de soplarle en la boca, pues así era como se les infundía a los hombres el aliento de la vida. Pero Zeus lo detuvo.

-Espera, Hefesto –dijo-: una criatura perfecta merece el soplo perfecto.
Entonces, Zeus llamó a los cuatro vientos: el del norte, que traía el frío; el del sur, que traía el calor; el del este, que traía las penas y las alegrías; y el del oeste, que traía palabras, muchas palabras. En cuanto los vientos soplaron sobre Pandora, la criatura empezó a moverse. Luego, Zeus convocó a los dioses y les dijo:
-Quiero que le concedáis a esta mujer todos los dones que pueda tener un ser humano.
Durante todo un día, los dioses desfilaron por la fragua de Hefesto para concederle a Pandora los más variados dones: dulzura y gracia, inteligencia y picardía, habilidad para tejer y labrar la tierra, fertilidad para dar a luz muchos hijos, buena voz para cantar, una sonrisa amable que inspiraba confianza… Cuando Pandora hubo recibido todos los dones, Zeus le dijo:
-Ahora ya estás preparada para ir junto a los hombres. Pero antes debo entregarte mi regalo… Míralo.

Zeus sacó una preciosa caja de oro y se la tendió a Pandora.
-Es muy bonita… -dijo ella-. ¿Qué hay en el interior?
-Es mejor que no lo sepas, Pandora. Ahora prométeme que nunca, bajo ningún concepto, abrirás esta caja.
-Lo prometo.
-Tienes mi bendición, Pandora –dijo Zeus, y tocó con suavidad la cabeza de la joven-. ¡Ah, se me olvidaba! Quiero hacerte un último regalo…

Entonces, Zeus hinchó sus pulmones de aire y sopló sobre el cuerpo de Pandora. De ese modo, le proporcionó un último don, el más peligroso de todos: la curiosidad.

Luego, Hermes, el mensajero de los dioses, condujo a Pandora hasta la Tierra, y la dejó a las puertas de la casa del titán Epimeteo. Epimeteo era el hermano de Prometeo, pero no se le parecía en nada. Mientras que Prometeo era hábil y astuto, Epimeteo destacaba por su torpeza y su ingenuidad. Cuando Epimeteo vio a Pandora, quedó tan deslumbrado por su belleza que decidió casarse de inmediato con ella.

-No lo hagas –le dijo Prometeo.
-¿Por qué no? –replicó Epimeteo-. ¿Qué hay de malo en casarse con una mujer? La soledad, hermano, es una carga muy pesada, y estoy seguro de que Pandora me alegrará la vida…
-Esa muchacha es un regalo de los dioses, y los dioses nos detestan desde que les robé el fuego.
-¿Quieres decir que Pandora es un castigo? ¡Menudo disparate! ¿Cómo va a ser un castigo una mujer tan hermosa, que canta como los pájaros y me mira con tanta dulzura?
-¿Te olvidas de que puedo ver el futuro –concluyó Prometeo-, y sé que Pandora no nos traerá nada bueno.

Epimeteo, sin embargo, estaba tan enamorado que no hubo forma de hacerle cambiar de opinión. A los pocos días se casó con Pandora, y fue feliz con ella durante cierto tiempo. Con los dones que había recibido de los dioses, Pandora llenó la casa de su marido de bonitos tejidos y plantó en su jardín las más hermosas flores. A todas horas se oían risas y cantos en aquel lugar afortunado. Pandora aprovechaba cualquier ocasión para acariciar a su esposo y dirigirle tiernas miradas, así que Epimeteo no podía pedirle nada más a la vida. Pandora, en cambio, no lograba ser feliz del todo, porque, noche y día, oía en su interior una voz que preguntaba sin descanso:

-¿Qué habrá en la caja de oro? ¿Qué habrá en la caja de oro?
La invisible avispa de la curiosidad se había apoderado del alma de Pandora, y zumbaba en sus oídos con virulencia:
-¿Qué habrá en la caja de oro? ¿Qué habrá en la caja de oro?
Antes de dejarla partir, Zeus le había colgado a Pandora una adena de oro al cuello. La joven la miraba de continuo, con cierta ansiedad, pues la cadena colgaba una llavecita dorada que servía para abrir la caja de oro. Más de una vez, Pandora estuvo a punto de descolgar la llave y abrir la caja, pero siempre acababa por decirse: <<No, no puedo hacerlo. Le prometí a Zeus que jamás abriría esa caja>>.

Sin embargo, llegó un día en que Pandora no pudo aguantar más. Su curiosidad era tan fuerte que ni siquiera podía dormir, así que cedió al fin a la tentación y abrió la caja. Al instante, sonó un zumbido atronador, como el de un enjambre de miles de abejas enloquecidas. Pandora comprendió que había cometido un grave error. Y es que Zeus había encerrado en aquella caja todas las desgracias que arruinan la vida de los seres humanos: la fealdad y la mentira, la tristeza y la angustia, el odio furibundo, el trabajo inútil que agota y no sirve de nada, la peste que mata a hombres y bestias… Pandora no levantó la tapa de la caja más que un poquito, pero fue suficiente para que salieran al mundo todas las desgracias. Empujadas por los vientos, la maldad, la mentira y la enfermedad alcanzaron todas las casas de la Tierra, y enseguida empezaron a oírse gemidos de dolor y llantos de lástima.
Era lo que Zeus esperaba: su venganza acababa de completarse. Desde las alturas del Olimpo, el dios sonrió y dijo con solemnidad:
-Ahora los hombres comprenderán de una vez para siempre que no se debe engañar a los dioses.

La Tierra habría quedado completamente aniquilada de no haber sido por la última cosa que salió de la caja: un leve aliento, una bendición. Hefesto la había colocado a escondidas en el fondo de la caja, porque amaba a Pandora, que era su creación, y no quería verla morir. Aquella bendición era la esperanza. Movidos por ella, los hombres decidieron seguir adelante a pesar de todas las desgracias. No importaba lo mucho que tuvieron que sufrir: los hombres conservarían siempre la esperanza en una vida mejor, en la que no existieran el dolor ni la pena, la guerra ni la  muerte.