martes, 10 de febrero de 2015

Mito de: Apolo y Dafne

Apolo y Dafne

A los dioses les pasa lo mismo que a los hombres: jamás olvidan su primer amor. Así que no importaba cuántos años pasasen: el dios Apolo nunca podría borrar de su memoria a la bellísima Dafne, la ninfa que lo había enamorado en su juventud.

Apolo era el dios de la poesía y la música. Cuando conoció a Dafne, acababa de matar a la serpiente Pitón, un monstruo descomunal que tenía su guarida en una oscura cueva de la región griega de Tesalia. Pitón era una bestia sanguinaria que andaba en busca de carne a todas horas.  Mataba a las ovejas de los rebajos, a las vacas que pastaban en los valles, a los pastores que echaban la siesta a la sombra de los árboles y a las niñas que se bañaban en los arroyos. Desesperados, los hombres suplicaron a los dioses que los librasen de aquella pesadilla, y entonces Apolo viajó hasta Tesalia, se situó ante la cueva de Pitón y acribilló a la bestia con una lluvia de flechas. Pitón intentó defenderse, pero fue en vano, y perdió la vida sobre un charco de sangre.

Tras aquella hazaña, Apolo se volvió terriblemente orgulloso: se pasaba la vida hablando bien de sí mismo y presumiendo de la valentía que había demostrado al enfrentarse a Pitón.

-Soy el mejor arquero del mundo –repetía a todas horas.

Lo peor fue que Apolo, a fuerza de quererse tanto a sí mismo, empezó a despreciar a los demás. Un día, se cruzó en uno de los bosques de Tesalia con el pequeño Eros, el dios del amor, y acabó discutiendo con él. Eros tenía la apariencia de un chiquillo inocente, que volaba de aquí para allá con sus pequeñas alas. Encargado de propagar el amor por el mundo, se dedicaba a lanzar flechas al corazón de la gente, con las que despertaba grandes pasiones. Las disparaba con un arco diminuto, porque, como Eros era un niño, no tenía fuerzas para levantar un arco de tamaño normal.

El caso es que el día en que se cruzó con Eros, Apolo miró aquel arco que parecía de juguete y dijo entre risas:

 
-¡Es el arma más tonta que he visto en mi vida! ¿Para qué la usas, para matar mariposas?

-¿Mariposas? –replicó Eros, indignado-. ¡Eres muy gracioso, Apolo, pero ándate con ojo, no sea que algún día tengas que pagar por tus burlas! Tal vez no he matado a ninguna serpiente con mi arco, pero deberías saber que mis flechas han enloquecido de amor a hombres y dioses.

-¡Menuda hazaña! -se carcajeó Apolo-. Si dependiera de tus flechas, Pitón aún andaría por aquí matando rebaños…

-Yo en tu lugar no despreciaría el poder de mi arco, Apolo. ¿O es que no sabes que el amor ha movido a los reyes a librar guerras sanguinarias? ¿Es que no te han dicho que, por amor, los poetas han escrito sus mejores versos y algunas mujeres han llorado de pena hasta desgarrarse el corazón? Dime, Apolo, ¿podrías enloquecer tú a alguien con tus flechas? ¿O lograr que un hombre saltara de alegría? ¿O que se arrojara al mar por pura desesperación?

Apolo respondió con una mueca de desprecio.
-Déjate de palabrería, muchacho –dijo-, y apártate de mi camino, que tengo prisa.

El pequeño Eros enrojeció de rabia. Echó a volar para quitarse de en medio, pero, desde el cielo, le lanzó a Apolo una severa advertencia.

-¡Recordarás toda tu vida este momento! –le dijo-. ¡Juro por el padre Zeus que tendrás tu merecido!

Eros cumplió su amenaza. Para vengarse de Apolo, se valió del arma que mejor conocía: el amor. Aquel mismo día, lanzó dos flechas desde el aire: una de oro y otra de hierro. La de oro tenía la punta de diamante y servía para enamorar a la gente, mientras que la de hierro estaba rematada con una punta de plomo y provocaba un rechazo absoluto del amor. Eros lanzó la flecha de oro contra el corazón de Apolo, y disparó la de hierro contra el pecho de Dafne, una de las ninfas más hermosas de Tesalia. Como los dos flechazos fueron indoloros, ni Apolo ni Dafne se dieron cuenta de que sus vidas estaban a punto de cambiar para siempre.

Hasta aquel día, Apolo ni siquiera se había fijado en Dafne. Para él, era una ninfa más, a la que a veces veía cazando por el monte o bañándose en el río. En cambio, desde que recibió el flechazo de Eros, no pudo quitársela de la cabeza. Se pasaba todo el día pensando en ella, y abandonó la caza y el canto, a los que solía dedicar la mayor parte de su tiempo. Lo único que le apetecía era contemplar a Dafne, pues su corazón ardía de amor igual que la paja arde en el fuego. Dafne, en cambio, no quería saber nada de Apolo, y cada vez que lo veía, echaba a correr o se escondía entre los árboles, porque su misma presencia le hacía sentir incómoda. Llegó un día, sin embargo, en que no pudo esquivar a Apolo, y el dios aprovechó la ocasión para pedirle que se casara con él.

-Jamás me casaré –dijo Dafne-: el amor no me interesa.

-¿Es que un dios como yo te parece poca cosa?

-No es que desprecie tu amor, Apolo: es que no quiero el amor de nadie. Nací libre, y me he propuesto permanecer libre hasta el fin de mis días.

A pesar de aquella negativa, Apolo no perdió la esperanza. Ni siquiera pareció disgustado, pues ¿cómo iba a molestarse con una muchacha a la que amaba con locura? Miraba los ojos de Dafne, y no podía creerse que fuesen tan bellos; se fijaba en sus manos, y le parecía imposible concebir otras más delicadas. Todo en Dafne le gustaba: su largo cabello y su espesa melena, sus dientes blancos y sus labios de un rojo encendido, sus ojos oscuros y su piel del color de la nieve. Se moría por abrazarla, por acariciar sus mejillas, por cubrirla de besos… Dafne reparó en los ojos de Apolo y, de repente, tuvo miedo, porque descubrió en ellos la mirada de un ser obsesionado con una sola idea. Pensó que Apolo sería capaz de cualquier cosa con tal de abrazarla, y se asustó tanto que echó a correr por el bosque.

-¡No te vayas, Dafne –gritó Apolo-, no quiero hacerte daño!

Pero Dafne se perdió de vista enseguida. Apolo echó entonces a correr tras la ninfa igual que el lobo tras el cordero. Durante la carrera, Dafne le pareció más hermosa que nunca, pues el viento desnudaba sus hombres, agitaba su túnica y formaba graciosas ondas en su larga melena. Dafne corría tan aprisa que, en cierto instante, se creyó a punto de perder el aliento. Las zarzas del bosque le arañaban los tobillos, y los guijarros del suelo se le clavaban en los pies, pero no notaba el dolor, porque lo único que sentía era un miedo terrible. Tenía que correr, huir, ponerse a salvo, pues estaba segura de que, si se detenía, Apolo se lanzaría sobre ella, loco de amor.

-¡Dafne! –oyó decir.

La voz sonó en aquel momento más próxima que nunca.
Dafne volvió la cabeza, y entonces vio que Apolo estaba a punto de rozarle el hombro. La ninfa palideció: prefería morir antes que soportar las caricias de Apolo, el calor de su aliento, la locura de sus ojos… Entonces Dafne vio que se acercaba a las orillas del río Peneo y pensó que allí se encontraba la única salvación posible.

-¡Padre, ayúdame! –gritó con todas sus fuerzas.

Dafne era hija de Peneo, quien, como todos los ríos, tenía poderes divinos. Podía, entre otras cosas, prever el futuro y transformar a las personas en bestias.

-¡Ayúdame, padre, por piedad! –repitió Dafne.

Peneo arremolinó sus aguas, alarmado. Llevaba algún tiempo disgustado con su hija, porque ella se negaba a casarse y a darle nietos, pero no dudó en prestarle su ayuda, pues la quería con toda su alma. De repente, Dafne dejó de correr, y su cuerpo se volvió rígido como una piedra. Una fina costra cubrió su pecho y endureció su vientre, sus blancos brazos se convirtieron en ramas, y su larga cabellera se transformó en una copa de espesas hojas. De sus pies nacieron raíces que se hundieron en la tierra, y su rostro, su bello rostro de rosadas mejillas, se transformó en una dura corteza. Peneo había pensado que la mejor manera de salvar a su hija era despojarla de su forma humana, así que había convertido a Dafne en un laurel, en el primer laurel que existió en el mundo.

Cuando Apolo vio lo que había pasado, rompió a llorar como un niño. Ya no importaba cuánto amor le ofreciese a Dafne: ella nunca podría corresponderle. Roto de dolor, Apolo acarició las hojas del laurel, besó sus ramas y abrazó su recio tronco, y entonces le pareció que el árbol temblaba entre sus manos.

-Nunca te olvidaré, Dafne –dijo con voz tristísima-. Ya no podrás ser mi esposa, pero en adelante serás mi árbol.




Y así fue. Desde aquel día, la cítara y la aljaba de Apolo permanecieron colgadas de las ramas del laurel, y el dios decidió convertir aquel árbol en un símbolo de gloria, así que dispuso que las hojas del laurel sirvieran para coronar a los generales victoriosos y para honrar a los grandes poetas.










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