martes, 17 de marzo de 2015

Hércules y la hidra de Lerna

En aquel tiempo remoto en que los dioses se aparecían de continuo ante los ojos de los seres humanos, abundaron los héroes, hombres excepcionales que ponían su fuerza, su coraje y su astucia al servicio de los demás. Entre todos ellos, ninguno fue tan admirado como Hércules, de quien se decía que habría podido vencer a un ejército de miles de soldados sin ayuda de nadie. Enérgico y corpulento, Hércules era insuperable en la lucha, en la caza y en el manejo de las armas. Siendo un recién nacido, ya dio pruebas de su fuerza descomunal el día en que un par de serpientes se deslizaron en su cuna para darle muerte. Lejos de asustarse, Hércules las agarró con sus recias manos, les apretó el cuello hasta estrangularlas y las entrelazó para formar con ellas una siniestra trenza.

Fueron muchas las ocasiones en que Hércules salvó al mundo de un serio peligro. Él fue, por ejemplo, quien acabó con la hidra del pantano de Lerna, un monstruo nacido en los infiernos que tenía más de cincuenta cabezas, semejantes a serpientes de afilados colmillos. La hidra se alimentaba de ovejas y vacas, y su aliento era tan venenoso que secaba las cosechas y causaba la muerte de todo el que lo respiraba. Por su fiereza y brutalidad, parecía un animal indestructible, pero Hércules viajó hasta el pantano de Lerna con el propósito de poner fin a su vida.

Cuando llegó, la bestia dormía dentro de su guarida, en una cueva situada a orillas del pantano. Hércules la obligó a salir lanzando al interior de la cueva una docena de flechas a las que había prendido fuego, con lo que la atmósfera dentro de la gruta se volvió irrespirable. En cuanto la hidra apareció, se hizo evidente su furia asesina. Los cien ojos del monstruo brillaban como brasas, y sus cincuenta bocas lanzaban unos rugidos ensordecedores que habrían bastado para matar de terror a cualquiera. Hércules se defendió de la bestia con una lluvia de flechas, que en realidad no sirvió de nada, pues  ninguna se clavó en el cuerpo de la hidra, ya que las escamas de su piel eran duras como rocas. El monstruo, pues, siguió avanzando, a tal velocidad y con tanta decisión que levantaba grandes oleadas de barro en el pantano. Enseguida, llegó a pocos pasos de Hércules, quien habría muerto en aquel mismo instante, envenenado por el aliento de la hidra, de no ser porque había tomado la precaución de taparse la nariz y la boca con un pedazo de tela.


En cuanto la hidra estuvo a su alcance, Hércules levantó la poderosa maza de olivo que llevaba siempre consigo y comenzó a golpear al monstruo con fiereza. Más de cien mazazos cayeron sobre sus cabezas, pero la bestia apenas se resintió. Hércules abandonó  entonces la maza y empuñó la espada. Del primer mandoble, una de las cabezas de la hidra saltó por los aires, cortada limpiamente como una espiga de trigo. Parecía una buena señal, pero lo que sucedió al instante dejó horrorizado a Hércules. Y es que del cuello recién cortado brotaron tres nuevas cabezas, amenazantes y vigorosas. Hércules se sorprendió tanto que dejó de blandir la espada por un momento, y la hidra trató de aprovechar la ocasión para enroscarse alrededor de su cuerpo. 


El héroe, sin embargo, fue lo bastante ágil como para saltar hacia atrás en el momento preciso, y de esa manera se salvó de morir estrangulado. 

Desde aquel instante, la lucha fue encarnizada. Hércules cortó una segunda cabeza, y el prodigio se repitió: del muñón emergieron tres cabezas nuevas. Parecía increíble, pero cuanto más mutilaba a la bestia, más fuerte y peligrosa se volvía. ¿De qué le servían el valor y la fuerza ante un monstruo tan terrible? ¿Qué podía hacer? ¿Acaso su destino era morir en aquel pantano, devorado por una bestia inmunda? Hércules estaba al borde de la desesperación. Por un momento, pensó que la hazaña que había emprendido no estaba al alcance de sus posibilidades. Y su vida hubiera acabado allí mismo de no ser porque, en el momento menos pensado, el héroe oyó junto a sus oídos una voz que le susurraba: 

-Busca la cabeza de oro…

Sin dejar de esgrimir su espada, Hércules miró de reojo a su alrededor y comprobó que no había nadie a su lado. ¿Quién había pronunciado aquellas palabras? ¿Acaso el miedo le hacía delirar?

-Soy la diosa Atenea –oyó entonces-, y he venido en forma de brisa para ayudarte. Si quieres acabar con la hidra, busca su cabeza de oro…

-¿Su cabeza de oro?

-Sí. Esa bestia tiene una cabeza de oro, que es la que la hace inmortal. Si se la cercenas, la hidra dejará de respirar…



Hércules, sin abandonar la lucha, miró una por una las cabezas de la hidra, y en el primer momento, todas le parecieron idénticas. ¿Cuál podría ser la cabeza inmortal? ¿Cómo distinguirla, si todas eran igual de feroces? De pronto, sucedió algo decisivo. El monstruo giró en redondo y cambió así de posición con respecto al sol. Un rayo de luz iluminó entonces una cabeza situada en el centro de su cuerpo, que desprendía un brillo inconfundible: el brillo del oro. Entonces, Hércules levantó la espada con las dos manos y descargó un mandoble brutal sobre aquella cabeza.

El instante que siguió se le hizo eterno. El héroe notó los latidos de su propio corazón, y el cansancio acumulado en el brazo se le hizo insoportable. La cabeza de oro de la hidra saltó por los aires y cayó al pantano. Entonces, el monstruo lanzó un rugido ensordecedor, el último rugido de su vida, y se desplomó sobre el barro. Hércules había vencido, y en cuanto recobró las fuerzas, enterró la cabeza de oro bajo la roca más pesada que encontró, para asegurarse de que la hidra no volvería a ver jamás la luz del día.



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