miércoles, 15 de abril de 2015

El rapto de Europa

En la cálida ciudad de Tiro, a orillas del Mediterráneo, reinaba un hombre llamado Agenor. Tenía cinco hijos varones y una única hija: la hermosísima Europa. Europa tenía el rostro más delicado que pueda imaginarse, una sonrisa luminosa y una mirada tan dulce y suave como el tacto del terciopelo. Todo en ella era de una llamativa belleza: los brazos blancos como el marfil, los andares pausados, la risa sonora, la larga cabellera de rizos anaranjados que le llegaba hasta los tobillos… El rey Agenor sabía que una muchacha como Europa podía volver locos de amor a los hombres, así que no permitía que su hija fuese sola a ninguna parte. Él mismo, o alguno de sus hijos, la vigilaban de día y de noche. Así pues, durante muchos años, ningún hombre ajeno a la familia pudo contemplar a Europa. 

Los dioses, en cambio, sí podían verla, y el más poderoso de todos, Zeus, quedó fascinado por la belleza de Europa. De hecho, llegó a pensar tan a menudo en ella que acabó por obsesionarse con aquella muchacha: era como un adolescente aturdido por el fuego del primer amor. Soñaba con fundirse en un abrazo con Europa, pero no le parecía fácil conseguirlo. Zeus sabía, en efecto, que, si se presentaba ante aquella joven a cara descubierta, haciéndose pasar por un hombre cualquiera, el padre y los hermanos de Europa le cerrarían el paso.

Europa, mientras tanto, llevaba una vida placentera, y dedicaba todo su tiempo al juego y los paseos. Un día en que estaba en la playa con sus amigas, recogiendo flores entre los matorrales, distinguió a lo lejos un rebaño de bueyes. Eran veinte o treinta animales de pelaje pardo, tan comunes que apenas llamaban la atención. Sin embargo, en un extremo de la manada había un toro que destacaba por su belleza: era corpulento y tan blanco como la nieve, y tenía un pelaje resplandeciente y unos cuernos en forma de media luna que brillaban como el oro.

-¡Mirad qué toro más hermoso! –exclamó Europa, y echó a correr hacia el animal.

-¡Ten cuidado! –le advirtieron sus amigas-. ¡Puede ser peligroso!


Pero Europa no hizo caso: se acercó al toro y comenzó a acariciarle el cuello. El animal parecía muy dócil, pues se dejó tocar sin hacer el menor movimiento. Entonces, Europa les gritó a sus amigas:

-¡Venid, no seáis tan miedosas! ¡No os imagináis el pelo tan suave que tiene!

-¡No te acerques tanto! –replicaron las amigas-. ¡Ten cuidado, Europa, no sea que te haga daño! 

Pero Europa no sentía miedo alguno.

-¿Qué daño me va a hacer? –dijo-. ¿No veis que es manso como un corderito?

Seducida por el toro, Europa lo abrazó con ternura, le colgó en el cuello una guirnalda de flores que acababa de tejer con sus propias manos y le susurró una canción al oído. Los hermanos de la joven lo estaban viendo todo, pero no se acercaron, porque pensaron que el toro era inofensivo. Al final, Europa se confió tanto que acabó por trepar al lomo del animal. El toro aceptó el juego, y comenzó a caminar a paso lento por la orilla del agua. Europa se reía, feliz de sentirse dueña de aquel animal tan poderoso. La escena era tan deliciosa que incluso las amigas de la joven se olvidaron del miedo y rompieron a reír.

Pero el peligro, aunque invisible, estaba presente, pues aquel toro no era lo que parecía. En realidad, se trataba de un dios metamorfoseado en bestia: aquel toro era el mismísimo Zeus, que había decidido transformarse en un toro juguetón para acercarse a Europa y ganarse su confianza. Claro que el juego no era más que el primer paso: Zeus quería algo más, pues su corazón ardía en el fuego incontrolable del amor…



De repente, ocurrió algo inesperado. Un fuerte temblor sacudió la tierra y entonces el toro se lanzó como una flecha mar adentro, dejando un rastro de espuma tras de sí. Europa, asustada, se agarró con todas sus fuerzas a la espalda del toro. Pasado un instante, giró la cabeza para mirar atrás, y entonces vio que la playa quedaba ya muy lejos. Sus hermanos y sus amigas le estaban gritando alguna cosa, pero sus palabras resultaban inaudibles. <<¿Qué será de mi?>>, se preguntó Europa, angustiado. Acababa de comprender que en aquel toro había algún engaño, y su corazón se llenó de terror.

El toro se detuvo al llegar a Creta, una isla de altas montañas y fértiles llanuras. Allí, cerca de una fuente, Zeus le reveló a Europa quién era él en realidad, y, bajo la sombra de los plátanos, la abrazó por vez primera y le descubrió todos los secretos del amor…

Europa tuvo tres hijos con Zeus y se quedó para siempre a vivir en Creta, pues el padre de los dioses le regaló la isla para que fuera la patria de sus hijos y sus nietos. En cuanto a Zeus, volvió pronto al Olimpo, pero siempre guardó un magnífico recuerdo de su romance con Europa. Y, para que quedara un testimonio eterno de su amor, colocó en el firmamento unas cuantas estrellas dispuestas en forma de toro. Todavía hoy, cuando miramos al cielo por la noche, podemos ver esa resplandeciente figura, a la que los sabios llaman <<constelación de Tauro>>.


2 comentarios:

  1. Hola Fátima, te he nominado a un nuevo premio en mi blog, pásate y sigue la cadena ;)
    besos y felicidades!

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    1. Genial! Muchas gracias, me pasaré por tu blog.
      Besos!!

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