lunes, 6 de julio de 2015

El vuelo de Ícaro.

A veces, la fortuna de unos hombres trae consigo la desgracia de otros. Así, la victoria de Teseo sobre el Minotauro arruinó para siempre la vida de Dédalo. Y es que, cuando Minos supo que Teseo había escapado del laberinto y se había fugado de Creta en compañía de Ariadna, se enfureció tanto que acudió en busca de Dédalo y le dijo a gritos:


-¡Que los dioses te castiguen, maldito traidor! ¿Acaso no te pedi que construyeras un edificio del que nadie pudiera salir? ¡Me has fallado, Dédalo, y lo vas a pagar caro! ¡Hoy mismo te encerraré en el laberinto, y haré que tu hijo te acompañe para multiplicar tu sufrimiento! Supongo que sabrás cómo escapar del edificio, pero te aconsejo que no lo intentes, pues voy a dejar una pareja de guardianes vigilando la salida, y tendrán órdenes de cortaros la cabeza si os ven aparecer.

El hijo de Dédalo se llama Ícaro y estaba a punto de cumplir catorce años. Era un joven travieso y atrevido, de pelo rizado y sonrisa pícara, y tenía un carácter tan alegre que la gente de Cnosos lo adoraba. Todos los habitantes de la ciudad, pues, se apenaron mucho al saber que nunca más volverían a ver a Ícaro.

También Dédalo se quedó abatido por la tristeza. Entró en el laberinto cabizbajo, y pasó sus primeras horas de encierro sumido en un profundo silencio. No podía soportar la idea de que su hijo tuviera que vivir y morir allí dentro, así que se empeñó en encontrar como fuese una manera de salir de aquel edificio infernal. Su mente, fértil como un almendro en una eterna primavera, comenzó a barajar ideas, y al poco rato, Dédalo exclamó:

-¡Ya lo tengo! ¡Saldremos de aquí volando como los pájaros!

-No digas disparates, padre -replicó Ícaro con tristeza-. ¿Desde cuándo los hombres pueden volar?

-¿Es que no tienes confianza en mí, muchacho? ¡Vamos, alegra esa cara de una vez y ayúdame, que tenemos mucho trabajo por delante!

El laberinto llevaba nueve años en pie, y, en ese tiempo, la hierba había crecido en algunos pasillos, la lluvia había formado estanques en ciertos rincones, las abejas habían construido panales en las vigas, y se habían acumulado restos de animales aquí y allá. De manera que Dédalo no tuvo dificultades para encontrar los materiales que necesitaba para su invento. Trabajó sin descanso durante todo un día, y a la mañana siguiente le mostró a Ícaro dos pares de alas. Las había fabricado con unas cañas, unidas con cera y forradas con plumas. Entusiasmado, Dédalo exclamó:

-¡Vamos a ser los pájaros más extraños del mundo...!

Con ayuda de unas cuerdas, padre e hijo se ataron las alas a la espalda. Luego, dedicaron un buen rato a aprender a manejarlas, y al final consiguieron moverlas con tanta soltura como si hubieran nacido con ellas. Había llegado la hora de escapar del laberinto, y entonces Dédalo le advirtió a su hijo:

-Escúchame, Ícaro: no debes volar demasiado bajo, porque cuando lleguemos a mar abierto, las olas empaparían tus alas, y se volverían tan pesadas que caerías al mar.

Ícaro sonrió.

-No te preocupes, padre -dijo-: volaré lo más alto que pueda.

-No, hijo, tampoco debes volar demasiado alto... Si te acercas mucho al sol, el calor derretirá la cera que mantiene unidas las cañas, y tus alas se desharán. ¿Has entendido?

-Sí, padre.

-Entonces, emprendamos el vuelo. Y, sobre todo, no te apartes de mi lado pase lo que pase.




Ícaro empezó a batir las alas con rapidez, de arriba abajo, tal y como le había enseñado su padre. Su cuerpo se fue elevando, primero con lentitud y luego más aprisa, y cuando volvió la cabeza para mirar atrás por vez primera, el laberinto ya se veía pequeño como una miniatura. Dédalo, al ver que su hijo se alejaba, tomó impulso y echó a volar. Había decidido que viajarían lejos de Creta, en dirección al norte, donde había muchas islas en las que podrían empezar una nueva vida. Desde la tierra, los campesinos y los pescadores miraban llenos de asombro a aquellos dos pájaros tan grandes y extraños. Ícaro, llevado por el gozo de la ingravidez y entusiasmado con la belleza del cielo, rompió a reír, y su risa sonó cristalina como el agua de un arroyo. Se sentía tan feliz que movía las alas cada vez con más fuerza, y volaba más y más alto: arriba, muy arriba, más arriba aún...


Dédalo, en cambio, tardó en acostumbrarse al milagro del vuelo. Durante un buen rato, se sintió incómodo, pues no dejaba de pensar que los hombres han nacido para tocar la tierra con los pies. Sin embargo, acabó por olvidarse de sus temores y, mientras volaba, comenzó a soñar con la nueva vida que les esperaba allí donde el viento los llevase. Sonriente, giró la cabeza para mirar a su hijo, y de pronto una mueca de terror le deformó la cara. ¡Ícaro no estaba ni detrás ni delante, ni encima ni debajo! Dédalo lo buscó por todas partes, pero no consiguió encontrarlo. Al fin, fijo su vista en el mar y descubrió que el muchacho flotaba sobre el agua, inmóvil como un cadáver, de espaldas al cielo. Roto de dolor, Dédalo comprendió la terrible verdad: su hijo, inconsciente y temerario como todos los jóvenes, había confiado demasiado en su propia habilidad, había querido volar más alto que los pájaros, y el sol había castigado su soberbia derritiéndole las alas para que se ahogara en el mar...


                          

5 comentarios:

  1. ¡Hola Fátima!
    Me encanta la mitología griega y romana y me encanta esta leyenda. Me ha gustado leerla de nuevo después de tanto tiempo.
    Genial entrada.
    ¡Besotes!

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    1. ¡Hola Amy! ^^
      Me alegro de que compartamos este gusto por la mitología griega y romana, me fascina leer sobre ello.
      Gracias, me da gusto saber que te ha gustado leerla y hayas pasado por aquí ;)
      Un abrazo!

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  2. Hola Fátima! Conozco este mito muy bien y como a ti, me gustan, si tengo la oportunidad de leer algo sobre ellos, no dudo en hacerlo, incluso si tiene que ver con cosas juveniles como los libros de Rick Riordan sobre los dioses griegos y romanos con Percy Jackson o con la mitología egipcia como la saga de los Kane =P

    En fin... aquí tienes una nueva seguidora, te invito a pasarte por mi blog, saludos!

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    1. ¡Hola Irisse! Es una maravilla encontrar gente con la que compartir los mismos gustos literarios ^^ Tengo la saga de Percy Jackson pendiente, ya que me han hablado muy bien de ella. Pero no sabía nada de la saga de los Kane, me informaré de ello ¡Gracias! :)

      Gracias por quedarte, bienvenida. Me pasaré por tu blog lo antes posible.
      Un abrazo!

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    2. Gracias, y si, a mi parecer la saga de los Kane, en la que te hablan de todos los dioses egipcios, tiene en algunas ocasiones, más humor que los de Percy, pero los griegos siempre serán mis favoritos =P
      Saludos!

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