domingo, 24 de enero de 2016

El oro de Midas

El hombre estúpido rara vez alcanza la felicidad, pues no sabe valorar lo que tiene. La historia de Midas así lo demuestra.

Midas era hijo del rey de Frigia, un país bendecido por los dioses donde los árboles estaban siempre cargados de frutos, las flores desprendían un olor embriagador y el ganado crecía sano y robusto. Desde el principio, quedó claro que Midas estaba destinado a ser rico. Cuando acababa de nacer, una hilera de hormigas desfiló hasta su cuna y amontonó sobre su boca un puñado de semillas de trigo. Al ver aquello, la nodriza del pequeño estuvo a punto de enloquecer de alegría.


-¡Las hormigas han llenado de trigo los labios de vuestro hijo -le explicó al rey-, y eso quiere decir que será muy rico!

Midas fue, en efecto, un hombre afortunado. Al morir su padre, comenzó a reinar y, como en Frigia no había problemas, se pasaba la mayor parte del tiempo paseando por el campo. Le encantaban las cosas hermosas, de modo que hizo plantar en sus jardines un millar de rosales. Era un goce contemplar y oler las infinitas flores del jardín, cuidadas por una brigada de más de mil jardineros.


La suerte de Midas comenzó a cambiar por casualidad. Un día, el dios Dionisos, acompañado por su séquito, pasó por Frigia. Iba cantando y bailando, como siempre, porque Dionisos era el dios del vino y de las fiestas. Sus acompañantes se tambaleaban a causa de lo mucho que habían bebido, y uno de ellos, el viejo Sileno, acabó dormido en el jardín de Midas. A la mañana siguiente, un jardinero lo encontró bajo un rosal y lo condujo ante el rey. Midas trató a Sileno con gran amabilidad y lo albergó a su palacio durante diez días.

Cuando Sileno se reencontró con Dionisos, el dios le dio un abrazo muy cariñoso, pues sentía auténtica adoración por él.

-¿Dónde te habías metido, mi querido Sileno? -le preguntó-. ¡No sabes cuánto te he echado en falta...!

DIONISOS
-Me quedé dormido bajo un rosal, pero Midas ha cuidado muy bien de mí. Me ha invitado a espléndidos banquetes, me ha dejado dormir en la mejor cama de su palacio y les ha ordenado a sus criados que me acompañaran hasta aquí.

-¡Qué gran anfitrión! -dijo Dionisos-. Hoy mismo iré a verlo y lo premiaré por lo bien que te ha tratado.

Dionisos, en efecto, acudió en busca de Midas y le dijo:

-Te concedo el don que me pidas. Dime: ¿Qué es lo que más te gustaría?



Midas no podía creerse su buena suerte. Durante un buen rato, estuvo pensando en qué pedir. No era fácil decidirse, pues Midas era un hombre poderoso y rico, que tenía casi todo lo que uno puede desear en su vida... Pero había un don que nadie, por muy rico que fuese, poseía en el mundo, y eso es lo que Midas pidió.

-Quiero que todo lo que toque se convierta en oro -dijo.

-¿Estás seguro? -preguntó Dionisos, muy extrañado.

-Desde luego que sí -contestó Midas.

Entonces, desde ahora, todo lo que toque tu cuerpo se convertirá en oro.

Midas se dirigió enseguida al jardín y, a modo de prueba, levantó una roca, que se convirtió al instante en una roca de oro.

Loco de alegría, cortó una rosa, que se transformó en una rosa de oro, y luego levantó del suelo un terrón de tierra, que adquirió de inmediato la apariencia de un reluciente lingote de oro.

-¡Soy el hombre más afortunado del mundo! -exclamó, entusiasmado-. ¡He escogido el mejor don de todos!

Pero pronto se dio cuenta de que la elección no había sido tan acertada como parecía. Midas tenía un perro que lo seguía a todos lados y al que le tenía mucho cariño. Pues bien: aquel día, cuando el animal se acercó a su amo y restregó el hocico contra las rodillas del rey, se convirtió en un perro de oro. Pero más terrible todavía fue lo que pasó con la hija de Midas: la muchacha corrió a abrazar a su padre como todos los días, y acabó transformada en una resplandeciente estatua de oro. Roto de dolor, Midas cayó de rodillas en el suelo y empezó a lamentarse.

-¡Qué estúpido he sido! -decía-. ¿Cómo pude pedir un don tan absurdo? ¡Si no hubiera sido tan codicioso, ahora mi hija seguiría con vida!

-De hecho, el propio Midas estaba a punto de morir, pues nunca más podría comer ni beber. Si tocaba el pan para llevárselo a la boca, el pan se transformaría en oro, y lo mismo le pasaría al agua cuando rozara sus labios. Midas se echó a llorar, y notó que sus lágrimas se convertían en guijarros de oro. Desesperado, corrió en busca de Dionisos y se arrodilló a sus pies.

-¡Sálvame, por piedad! -suplicó-. ¡Quítame el don que me has dado o me moriré!

Dionisos, en vez de entristecerse, se mondó de risa.

-Te has comportado como un estúpido, Midas -dijo-, pero te ayudaré. Si quieres salvar tu vida, báñate en la fuente donde nace el río Pactolo, y perderás al instante el don que te he dado. Y haz lo mismo con tu hija, si es que quieres que vuelva a abrazarte.

Midas siguió las instrucciones de Dionisos, y así logró salvarse a sí mismo y recuperar a su hija. Y ésa es la razón por la que hay tanto oro en las arenas del río Pactolo: porque fue allí donde se bañó el alocado Midas para dejar de ser el hombre más rico y el más desdichado del mundo.





 ¿Qué os ha parecido? ¿conocíais la historia de Midas? 


Fátima


6 comentarios:

  1. Jo no he podido leer muy bien la entrada, no tengo las gafas ahora conmigo y la letra está demasiado pequeña...Cuando las tenga me vuelvo a pasar:)
    ¡Un beso y felices lecturas!

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    1. Disculpa, he tenido fallo técnico con el portátil ^^ ¡Ya está arreglado! ❤
      Siento mucho el error de la letra, espero que te guste la lectura.
      Besitoos, ¡nos leemos!

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  2. Una historia muy bonita. Me ha encantado :D
    Un beso!

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    1. Que bueno, me alegro mucho de que te haya gustado la historia.
      ¡Gracias por leerla y comentar!
      Un beso ^^

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  3. Pues algo de su historia sí conocía, pero creo que me gustaría saber más y esta lectura puede gustarme. Además, me encanta conocer historias de este tipo para descansar de mis lecturas habituales =)
    Un besote^^

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    1. Me alegro de que así sea, es bueno leer algo diferente de vez en cuando ^^
      Gracias por comentar.
      Un besito :)

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